Introducción: preguntas que se fueron gestando con el tiempo
Durante más de tres décadas he tenido la experiencia de compartir con estudiantes extranjeros provenientes de distintas partes del mundo, quienes llegan con el deseo de aprender español, además de vivir y experimentar un contexto cultural profundamente distinto al suyo. Muchos de ellos cuentan con una sólida formación universitaria.
A partir de reiterados encuentros y profundas conversaciones, he identificado una tendencia que se repite con frecuencia: un conocimiento detallado de los procesos históricos europeos y una comprensión general de la colonización que contrastan con un profundo desconocimiento de la historia de los pueblos originarios y ancestrales1 de este continente, y en particular del pueblo maya.
Esta constatación me ha llevado a reflexionar y a preguntarme: ¿qué tipo de historia se enseña?, ¿quiénes la enseñan?, ¿quién narra la historia y desde dónde? ¿Por qué la historia de los pueblos originarios y ancestrales aparece únicamente como algo antiguo, como sociedades atrasadas o primitivas; como pueblos “descubiertos”; como objetos de estudio y no como sujetos históricos? ¿Por qué no se les reconoce como pueblos existentes, como realidades vivas que siguen habitando el presente?
Asimismo, preguntas inevitables como: ¿por qué, a pesar de que la cultura maya, su pueblo y su historia han sido ampliamente estudiados desde el ámbito académico, la abundancia de investigaciones, ensayos y debates no logra, en muchos casos, captar su esencia vital, su sentir y su pensamiento profundo? ¿Por qué la mirada académica suele mantenerse distanciada de la realidad subjetiva y existencial del pueblo maya?
Fue a partir de estas inquietudes, silencios y contrastes que sentí la necesidad de construir mi propia ruta, asumida como un proceso de búsqueda personal para aproximarme a la memoria histórica del pueblo maya. Con el tiempo, este caminar me permitió reconocer las formas en que esa memoria había sido silenciada y largamente relegada.
Esta ruta me llevó, de forma inevitable, a explorar la historia política y social de Guatemala, permitiéndome comprender las causas de los vacíos históricos y de la información construida desde narrativas ajenas a la experiencia histórica del pueblo maya.
Sin buscarlo del todo, este mismo caminar me llevó a reencontrarme con mis raíces culturales: raíces que en algún momento pensé que se habían extraviado, pero que en realidad seguían vivas, latiendo en lo más profundo de mi memoria y de mi corazón. Eran elementos con los que nací y que siempre estuvieron allí, acompañándome de formas que quizá no lograba reconocer plenamente. Permanecían en silencio, esperando el momento de ser escuchados y nombrados.
Desde ahí, de forma paulatina, este proceso me fue conduciendo hacia un reencuentro, aprendizaje y transformación interior, hasta llevarme a una formación como Ajq’ij2, no solo como una experiencia de conocimiento, sino como una manera distinta de comprender la vida, la espiritualidad, el tiempo y la relación con la naturaleza, la comunidad y el equilibrio de la existencia.
Este artículo parte de la premisa de que la historia no se limita a los archivos escritos, especialmente cuando los libros, los códices y varios objetos sagrados del pueblo maya fueron destruidos y su historia posteriormente reinterpretada desde categorías coloniales.3
Aunque no se plantea en oposición a la academia, se distancia de los enfoques puramente intelectuales al reconocer que la historia del pueblo maya no se puede comprender desde una perspectiva colonizada.
El origen europeo del concepto de historia
La llamada historia no surge con la humanidad ni con el impulso natural de narrar la experiencia vivida, sino como una construcción que responde a determinados contextos culturales y políticos.
Surge en el siglo XVIII y se consolida en el siglo XIX, en un contexto histórico específico: la Ilustración europea, el positivismo histórico y la expansión colonial de Europa.
La Ilustración propone una idea de razón y progreso presentada como válida para toda la humanidad, pero construida desde una experiencia cultural particular. El positivismo histórico establece métodos que privilegian el documento escrito, el archivo estatal y la cronología lineal, excluyendo otras formas de memoria y transmisión del conocimiento. La expansión colonial, por su parte, proporciona el marco político y material desde el cual Europa se arroga el derecho de clasificar, jerarquizar y narrar la historia.
Ordenar el tiempo histórico se convierte, entonces, en un acto de poder. Europa no solo organiza su propia historia, sino que establece una secuencia temporal en la que se sitúa como punto de llegada de la historia, mientras otros pueblos quedan relegados, desde esa lógica, a etapas anteriores del llamado desarrollo humano. En otras palabras, Europa se narra a sí misma y se nombra como “lo universal”.
¿A quiénes estudia la historia “universal”?
Al revisar los contenidos clásicos de la historia universal, se observa con claridad quiénes ocupan el centro del relato. Generalmente inicia en Mesopotamia, presentada como el “origen” de la civilización; continúa con Grecia y Roma como supuestas cunas del pensamiento y la organización política; avanza hacia la Europa medieval, el Renacimiento, las revoluciones europeas, especialmente la Francesa y la Industrial, la expansión colonial, las guerras mundiales y la formación del llamado “mundo moderno”.
Los grandes protagonistas de este relato son: Inglaterra, Francia, España, Portugal, Holanda, Alemania y, posteriormente, Estados Unidos. Son estos países colonizadores y hegemónicos los que ocupan el centro de la narración histórica y definen los grandes hitos del tiempo humano. Así, la historia universal termina siendo, en la práctica, la historia de Europa y de sus extensiones imperiales. El resto del mundo queda relegado como simples contextos secundarios, periferia o consecuencia lejana.
¿Y qué ocurre con los pueblos colonizados?
En muchos casos, su presencia es clausurada, negada, distorsionada, silenciada e invisibilizada. Aparecen como pueblos “descubiertos”, no como pueblos existentes; como sociedades atrasadas o primitivas; como objetos de estudio y no como sujetos históricos. Abya Yala (América), por ejemplo, entra en el relato como si su historia comenzara en 1492; África, principalmente, a través de la trata de personas esclavizadas; y Asia, desde la lógica del comercio.
Los pueblos originarios son llamados “culturas” o “civilizaciones antiguas”, pero rara vez reconocidos como pensadores de su propio tiempo. Se les relega al pasado y se les niega contemporaneidad.
En este continente, la historia universal dice mucho, pero también calla mucho. Se enfatizan la conquista, los virreinatos, la evangelización, el llamado “descubrimiento” o el “encuentro de dos mundos”, así como las independencias del siglo XIX. No obstante, los sistemas de pensamiento de los pueblos originarios, sus ciencias, calendarios, matemáticas, filosofías y espiritualidades son sistemáticamente invisibilizados o desvalorizados.
La resistencia histórica se interpreta únicamente como rebeliones, levantamientos o protestas aisladas, ocultando la continuidad viva de los pueblos. Se habla poco del genocidio físico y casi nada del epistemicidio: la destrucción sistemática de otras formas de conocimiento. El despojo espiritual y simbólico queda fuera del relato. La historia universal narra la pérdida, pero no la permanencia.
Los pueblos originarios aparecen como antecedente arqueológico o folclórico. No se enseña que siguen vivos, que piensan, crean, resisten y reinterpretan el mundo hoy. Las cosmovisiones ancestrales se presentan como tradición, no como pensamiento vigente.
Conclusión: la pregunta no se agota; sigue siendo necesaria
¿Quién escribe la historia, desde dónde, para quién y con qué intención?, ¿A quién incluye y a quién excluye del relato? Tal vez no necesitamos una historia universal, sino historias del mundo. Historias que reconozcan múltiples tiempos, múltiples memorias y múltiples formas de comprender la vida.
Historias donde los pueblos originarios y ancestrales no sean objetos de estudio, sino sujetos históricos vivos, protagonistas de su propia historia y desarrollo.
Este artículo busca abrir una conversación necesaria. Porque la historia no solo se aprende: se hereda, se cuestiona y se vuelve a narrar. Y en ese acto de volver a narrar, también es imprescindible preguntarse cómo y por qué los pueblos han sido históricamente colonizados y despojados, y cómo, a pesar de ello, resisten y recrean la vida desde sus propias lógicas.
María Antonieta Ixcoteyac Velásquez
Coordinadora General
INEPAS
1Dominación con la que se conoce a los indígenas americanos, como forma de reivindicar sus culturas y sus intereses a nivel general.
2Ajq’ij: término maya que hace referencia a una persona formada dentro de la espiritualidad maya, vinculada al conocimiento del tiempo, el calendario sagrado y el acompañamiento espiritual. Representa un camino de vida, aprendizaje y servicio.
3Diversos pensadores indígenas y descolonizados han señalado que la destrucción de los libros, códices y objetos sagrados del pueblo maya, ocurrida en Maní, Yucatán, México, en 1562, fue de una magnitud mucho mayor a la reconocida por la historia oficial, llegando a hablarse de decenas de toneladas de libros y miles de códices destruidos.