Introducción: apertura de la palabra y la memoria ancestral
Durante siglos, la historia de nuestros pueblos ha sido narrada por quienes llegaron a invadir, colonizar y someter, imponiendo su mirada y reescribiendo aquello que, desde su lógica, no lograron comprender. Cronistas, misioneros, historiadores y académicos colonizados aplicaron, y continúan aplicando a los pueblos originarios y ancestrales de Abya Yala conceptos como imperio, reyes, reinos, vasallos, religión, sacerdotes, templos, sacrificios humanos, gobernantes, dioses, guerras, guerreros, princesas, entre otros. Estos términos forman parte de una colonización epistemológica: provienen de las estructuras de poder europeas, del imperio romano, de la Iglesia cristiana y de la monarquía española, y no tienen equivalentes reales en el pensamiento maya ni en otras naciones originarias de Abya Yala.
A través de la imposición de estas categorías se tradujeron el pensamiento y la memoria ancestral, construyendo así una versión falsa, reducida y profundamente romanizada de nuestras civilizaciones. El término “imperio maya”, por ejemplo, proyecta una imagen de dominación centralizada al estilo romano o español que no existió en estas tierras.
Lo que existía eran formas de organización comunitaria vinculadas a los ciclos cósmicos, a los linajes, a la reciprocidad y al equilibrio territorial, no a jerarquías militares ni a proyectos expansionistas. Es importante señalar que la violencia que se describe en algunos relatos históricos posteriores a la invasión fue introducida o exacerbada por la imposición de estructuras coloniales y militares europeas.
La narrativa colonial no solo despojó a los pueblos originarios1 de su dignidad y profundidad, sino que también silenció su pensamiento filosófico, su espiritualidad y su modo de comprender y habitar el mundo. Así comenzó la romanización del pensamiento maya: una forma de despojo simbólico que aún perdura.
Como mujer, descendiente maya-k’iche’ y Ajq’ij, he caminado y sigo caminando el sendero del conocimiento ancestral, no desde los libros coloniales, sino desde los lugares sagrados (Le Tab’al), los sueños, las montañas, las ceremonias y la palabra viva de los abuelos y abuelas.
Desde esos lugares, he sentido con claridad la urgente necesidad de descolonizar la historia: devolverle su verdadero rostro y su voz original.
Este ensayo no nace del resentimiento, sino de la lucidez. No se escribe desde el enojo, sino desde la raíz. Porque mientras sigamos llamando “reyes” a nuestros guías ceremoniales, “sacrificio” a nuestras ofrendas sagradas o “imperio” a nuestros sistemas de armonía y equilibrio, estaremos repitiendo sin saberlo los lenguajes del despojo.
Descolonizar el pensamiento no es solo un acto intelectual; es una tarea espiritual. Implica desaprender lo aprendido, reapropiarnos de nuestras palabras, y volver a tejer la memoria desde lo propio. Este ensayo propone abrir ese camino, para que florezca una historia contada desde dentro: desde los pueblos que aún sueñan con el maíz y caminan con el sol.
Desde las montañas de Iximulew y el corazón palpitante de los pueblos originarios, emerge ese llamado profundo: descolonizar el pensamiento. Este llamado no es nuevo; es la continuidad de la palabra antigua, de los sueños de los abuelos y abuelas, del fuego que nunca se apagó.
Descolonizar no es únicamente desmontar una historia impuesta, sino reconstruir el tejido de la vida desde el interior del pensamiento vivo de los pueblos: nombrar, recordar y relatar, porque la palabra viva no solo nombra el mundo, lo regenera. Es decir, implica un proceso interno y profundo de revisión, transformación y liberación de ideas, creencias, valores, miedos y formas de pensar impuestas por la colonización. Requiere mirar hacia adentro, recordar y desaprender.
Abya Yala, el nombre ancestral del continente llamado América, no es solo una geografía, es una visión de vida, una cosmovisión que aún late bajo las heridas coloniales. Desde esa profundidad surge esta propuesta: como semilla de pensamiento vivo.
Filosofía maya: sabiduría enraizada en el tiempo
El pensamiento maya no se puede comprender desde categorías coloniales ni desde lógicas externas y reduccionistas. Es un sistema complejo, integrado y vivo, enraizado en su filosofía, que abarca la espiritualidad, la comunidad, el territorio, la tierra, el agua, los árboles, los animales, los cerros, las montañas y el tiempo; se manifiesta como un tejido inseparable de relaciones que sostienen la vida en equilibrio.
En el corazón de esta filosofía se encuentra el Chol Q’ij, el calendario sagrado que no solo guía el tiempo, sino también las energías, los ciclos de la naturaleza, la identidad de las personas y la vida comunitaria. Este sistema es clave para entender cómo los pueblos mayas experimentan el mundo, los acontecimientos y su devenir colectivo en el tiempo.
La autoridad o guía del pueblo, en este contexto, no es un poder impuesto, sino un servicio espiritual y comunitario. Términos como Aj Pop o Aj Q’ij no designan jerarcas, sino guías ceremoniales y guardianes de la tradición, personas que caminan junto a la comunidad en su andar hacia el bienestar comunitario y en relación con el cosmos. Estas funciones no son hereditarias ni absolutistas, sino profundamente ligadas a la responsabilidad, la escucha y el equilibrio.
La relación con el entorno no es utilitaria; es sagrada. El maíz, por ejemplo, no solo es alimento y fuente de vida, sino que también posee un profundo significado cultural, ceremonial y espiritual, y constituye un vínculo directo con los ancestros y con la Madre Tierra.
Cada ser vivo es comprendido como parte de un gran círculo de reciprocidad, donde el respeto y el cuidado son principios fundamentales. Todo está interrelacionado: los cerros, los animales, el tiempo, el maíz, los sueños y los seres humanos. No es una metáfora; es el tejido ontológico que sostiene la realidad y revela la comprensión profunda de nuestra existencia.
Cada ser vivo es comprendido como parte de un gran círculo de reciprocidad, donde el respeto y el cuidado son principios fundamentales. Todo está interrelacionado: los cerros, los animales, el tiempo, el maíz, los sueños y los seres humanos. No es una metáfora; es el principio ontológico que sustenta la realidad; la comprensión profunda de nuestra existencia.
Esta interconexión, más que una idea, es una práctica viva: nos sitúa, nos compromete y nos llama a la reciprocidad. La vida es sagrada porque nace de la relación. Este tejido de la vida no es estático: se recrea continuamente mediante los ciclos del tiempo, las ceremonias, los vínculos afectivos, la palabra viva y el cuidado de la tierra. Desde esta visión, cada ser tiene un propósito, y el desequilibrio surge cuando ese propósito se desconoce, se pierde o se niega.
La medicina ancestral, los nahuales, los lugares sagrados y las ceremonias son expresiones vivas de este pensamiento integral. Todo se orienta a conservar y restaurar la armonía entre el ser humano, la naturaleza y el cosmos.
Este sistema desafía la lógica occidental, que fragmenta y jerarquiza. Para el pensamiento maya, la vida es un tejido en el que todo tiene sentido porque todo está conectado. Por eso, para comprender su historia, su cultura y su identidad, es necesario partir desde esta mirada holística y profundamente espiritual.
Es una filosofía que busca el equilibrio y la plenitud, guiada por principios como el K’u’x (corazón), el Tz’ikin (visión espiritual) y el Jun Winaq (ser completo). Estos principios orientan la vida hacia la armonía con uno mismo, con la comunidad y con el universo.
Esta filosofía reconoce múltiples niveles de realidad: lo visible y lo invisible, el sueño y la vigilia, el pensamiento y la acción. La sabiduría ancestral no se encierra en tratados; se transmite de boca en boca y de fuego en fuego. Los consejos de los abuelos no son opiniones: son brújulas para una vida con sentido.
Desde esta comprensión, desandar el lenguaje impuesto es urgente: detrás de cada palabra colonizada se oculta un mundo negado. Reivindicar nuestras palabras es reconstituir nuestras visiones del mundo y nuestro modo de existir. Nombrar con palabras ajenas distorsiona profundamente la experiencia: urge volver a nombrar desde el corazón ancestral, desde la memoria, desde la raíz.
Descolonizar el lenguaje y la historia: volver al tejido de la vida
Descolonizar es volver a nombrar desde nuestra propia cosmovisión. El Ajq’ij no es un sacerdote. Es un guía del tiempo y del calendario sagrado, cuya labor se orienta al equilibrio espiritual y comunitario, fuera de toda estructura jerárquica o institucional religiosa.
El Pop Wuj no es solamente una mitología; es un texto sagrado y filosófico del pueblo maya k’iche’. Es una expresión profunda de conocimiento, memoria y verdad. No puede leerse como un simple conjunto de cuentos mitológicos o leyendas simbólicas sin fundamento real. Contiene una visión compleja del mundo: la creación del ser humano, el tiempo y el equilibrio cósmico. Es una estructura filosófica, espiritual, histórica y ética que orienta la vida del pueblo maya. Es memoria sagrada.
De igual manera, la espiritualidad maya no es religión, dogma o doctrina; es forma de vida, es equilibrio con el cosmos. Es ceremonia, y también es gesto cotidiano: medicina ancestral, silencio, sueño, maíz, armonía y escucha profunda. Es también lucha, porque vivir en armonía en un mundo fragmentado por la violencia y el individualismo se ha vuelto un acto de resistencia, es desafiar el orden impuesto. Así, cada acto espiritual es también político, porque se opone a un sistema que banaliza lo sagrado y disuelve el sentido profundo de la existencia.
El Chol Q’ij, como calendario sagrado, orienta esta espiritualidad en el tiempo. Cada energía, cada nahual, es guía para la transformación del ser.
Volver al fuego sagrado, al palpitar de la tierra, al consejo del abuelo y de la abuela no es nostalgia: es rehacernos como pueblos, como humanidad. En el contexto del pensamiento maya, la espiritualidad implica enfrentarse a la realidad con equilibrio, respeto y sabiduría, reconociendo la conexión con el cosmos y la comunidad, sin negarla ni ignorarla. Es un camino que invita a sanar, a transformar y a estar plenamente presente, no a desconectarse ni a aislarse. Es camino de la esencia colectiva. Es la raíz viva que sostiene el árbol de nuestra memoria.
A pesar de siglos de imposición, los pueblos mayas han preservado su sabiduría: en la lengua, en la ceremonia, en el tejido, en la memoria oral, en el arte, en la medicina ancestral. Cada acto de memoria es un acto de resistencia, la espiritualidad no fue destruida: se ocultó, se transformó, se refugió en los hilos invisibles de la vida cotidiana. Hoy, vuelve a florecer, no como herencia del pasado, sino como propuesta de futuro.
Las abuelas tejedoras, los Ajq’ij (guardianes del fuego), los jóvenes que aprenden el idioma de sus ancestros, los músicos, los pintores, los sabios de los pueblos, los que sueñan con los volcanes y los ríos; todos son semillas de resistencia y renovación. Descolonizar también es agradecer esa continuidad silenciosa.
Pensamiento maya: camino hacia la plenitud
En un mundo fragmentado, contaminado y deshumanizado, el pensamiento maya ofrece caminos urgentes: volver al equilibrio, reconocer la sacralidad de la vida, asumir la responsabilidad con las generaciones futuras. Se trata de aprender desde el respeto, de escuchar con humildad una sabiduría que ha perdurado por milenios, no porque se haya conservado intacta, sino porque supo transformarse sin perder su raíz.
La filosofía maya no busca imponerse, sino compartirse como semilla. No exige creencia, sino apertura. Su propósito no es conquistar mentes, sino abrir corazones.
Nos recuerda que la humanidad necesita otras formas de habitar la tierra, otros lenguajes para el espíritu, otras formas de caminar en comunidad con lo visible y lo invisible.
No es una solución técnica: es una guía ética y espiritual. Nos invita a caminar con respeto, a escuchar la tierra, a sanar las relaciones rotas: con nosotros mismos, con los otros, con la comunidad; con la tierra, el agua, el aire, los árboles, los animales, los cerros, las montañas, el maíz y el tiempo.
El pensamiento maya no separa la mente del corazón, ni el conocimiento de la experiencia. Su sabiduría no está en los libros, sino en los abuelos que caminan, en los sueños que orientan, en las ceremonias que abren el tiempo sagrado.
En medio del caos y la desconexión contemporáneos, el pensamiento maya permanece vivo y activo como una forma de comprensión y relación con la vida. Es un sendero sagrado que nos guía de regreso a la esencia misma de la vida. Nos brinda una brújula interior para reencontrar el sentido profundo, para vivir con raíces firmes y para desplegar nuestro vuelo hacia la libertad y la plenitud.
Conclusión: Descolonizar es recordar quiénes somos
Descolonizar no es solo resistir: es re-existir. Es sanar, crear, volver a ver con los ojos del corazón. Es regresar al maíz, a la comunidad, a la escucha profunda. Es abrir el espíritu al fuego sagrado que aún arde en los lugares sagrados (Le Tab´al), en los tejidos, en las palabras susurradas por los abuelos en los sueños.
El futuro no se construye negando el pasado, sino honrándolo. No como nostalgia, sino como raíz que sostiene la vida. Descolonizar no es un discurso: es una forma de vivir, una manera de habitar el tiempo, de cuidar la palabra, de abrazar la tierra. Y como todo camino verdadero, este comienza desde adentro, en el corazón de cada ser. Es volver a escuchar los ritmos del cosmos, los consejos de los abuelos, las enseñanzas del fuego. Descolonizar es recordar que somos parte de un TODO.
Porque solo quien recuerda desde el corazón, puede soñar un mundo nuevo. Y desde ahí, caminar con humildad, con fuerza y con ternura.
María Antonieta Ixcoteyac Velásquez
Coordinadora General
INEPAS
1Denominación utilizada para referirse a los pueblos indígenas de América, con el propósito de reivindicar sus culturas, identidades e intereses colectivos.