El presente artículo forma parte de una serie de trabajos que se presentarán de manera progresiva y se deriva de uno de los capítulos de la tesis de Maestría en Gerencia para el Desarrollo Sostenible, elaborada en el año 2010. Su propósito es ampliar el análisis del concepto de desarrollo a partir de sus orígenes históricos y principales formulaciones teóricas, examinando su evolución y las distintas denominaciones y enfoques bajo los cuales ha sido comprendido, así como los supuestos ideológicos que han orientado su aplicación en diversos contextos, atendiendo a los procesos económicos, políticos y culturales que han configurado sus significados a lo largo del tiempo.
En el artículo siguiente se profundizará en la relación entre desarrollo sostenible y pueblos indígenas, así como en sus implicaciones para la gestión y el desarrollo territorial. Desde una perspectiva crítica, se busca aportar elementos que permitan repensar el desarrollo más allá de su reducción economicista, incorporando dimensiones humanas, ambientales y culturales que resultan clave en los debates contemporáneos sobre sostenibilidad.
El concepto de desarrollo surge como una construcción histórica vinculada a procesos económicos, políticos y culturales específicos. Sus antecedentes pueden rastrearse hasta la aparición de las ciudades comerciales en la Europa del siglo XIV, dinámicas que, a partir del siglo XV, impulsaron expediciones, expansiones territoriales y la consolidación de un nuevo pensamiento científico. Este proceso alcanzó su máxima expresión con la Revolución Industrial, etapa en la que se establecieron criterios inéditos de crecimiento económico y prosperidad material, hasta entonces desconocidos.
En este contexto histórico se fue configurando una noción de prosperidad sustentada en el uso intensivo de los recursos naturales, mientras quedaban relegados a un segundo plano los problemas estructurales de desigualdad social y degradación ambiental, tanto a escala local como planetaria. Durante el denominado industrialismo, esta lógica derivó en el agravamiento de situaciones sociales, económicas, políticas y culturales que afectaron especialmente a las grandes mayorías nacionales.
Como consecuencia de este frenesí industrial, alentado por el paradigma mecanicista, diversas sociedades del planeta se encuentran inmersas en un nuevo tipo de crisis. Esta se caracteriza por el deterioro de los sistemas ecológicos, la explotación depredadora de la naturaleza, el aumento de la miseria social y la imposición de sistemas políticos injustos y autoritarios, evidenciando una profunda asimetría internacional entre países ricos y pobres.
Con la Revolución Industrial, esta concepción se radicaliza: el desarrollo comienza a definirse en función de la técnica, la racionalidad instrumental y el progreso material, entendido como universalmente deseable. Bajo esta lógica, solo aquellas sociedades dispuestas a adoptar los patrones tecnológicos y culturales de los países industrializados podrían aspirar al estatus de desarrolladas.
Según José de Souza Silva1, tras la Segunda Guerra Mundial, esta visión se institucionaliza a escala global. El discurso inaugural del presidente estadounidense Harry Truman en 1949 marcó un punto de inflexión al dividir simbólicamente al mundo entre países “desarrollados” y “subdesarrollados”. A partir de entonces, organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial asumieron el rol de agentes del desarrollo, promoviendo modelos homogéneos de crecimiento que debían ser replicados por las naciones consideradas atrasadas.
Este discurso, señala De Souza Silva, «… dividió a la humanidad en sociedades “desarrolladas” y “subdesarrolladas”. Bajo estas nuevas etiquetas, que construyen y visibilizan su nueva identidad, los “subdesarrollados”—el más débil—deben ahora emular a los “desarrollados”—el más fuerte—, de la misma manera
que los “primitivos” fueron presionados a imitar a los “civilizados”
En este marco, al discurso del desarrollo se incorporó el concepto de subdesarrollo, asignando a los países autodenominados desarrollados y a los organismos internacionales la función de “agentes internacionales” de los “cambios nacionales”. Su tarea consistía en inducir un determinado patrón de desarrollo en comunidades, municipios, países e incluso continentes enteros, siempre y cuando estos se adecuaran al modelo del mundo desarrollado.
Así, los conceptos de desarrollo difundidos e institucionalizados se inscriben mayoritariamente en la episteme occidental, que ha definido históricamente los criterios legítimos de progreso, bienestar y calidad de vida. Desde esta perspectiva, se asume que el mejoramiento proviene del exterior y se define a partir de parámetros ajenos a las realidades culturales locales. En América Latina, estas concepciones han sido utilizadas para legitimar prácticas que desestiman los proyectos de vida de los pueblos indígenas. En este contexto, resulta pertinente cuestionar qué entienden los pueblos indígenas de América por progreso, bienestar y calidad de vida.
Desde una evaluación crítica, a más de tres siglos de la consolidación de la Revolución Industrial, resulta evidente que las promesas de progreso y bienestar no se han cumplido. En lugar de procesos de crecimiento con raíces culturales, se observa una involución caracterizada por el consumo exacerbado, la degradación ambiental y la mercantilización de la vida. Incluso los países impulsores del modelo industrial enfrentan hoy profundas crisis económicas, sociales y políticas.
Prácticamente a inicio de las últimas tres décadas del siglo XX, la crisis económica mundial estaba poniendo fin a la idea de progreso ilimitado de la sociedad, pues en aquel entonces, los conceptos de crecimiento y de desarrollo, ya se distanciaban de manera profunda ensanchando la brecha entre riqueza y pobreza. Hacia finales del siglo XX, la crisis económica global evidenció el agotamiento de la idea de progreso ilimitado, haciendo necesaria una redefinición del desarrollo que incorporara una dimensión humana y ambiental.
Precisamente en 1972, con la celebración en Estocolmo de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Humano, se inició un proceso de creciente reconocimiento de los impactos ambientales del modelo de desarrollo dominante, sentando las bases para la posterior formulación del concepto de desarrollo sostenible. El medio ambiente pasaba a convertirse en una cuestión de importancia internacional. En los años siguientes, las actividades encaminadas a integrar el medio ambiente en los planes de desarrollo y en los procesos de adopción de decisiones en el plano nacional, no llegaron muy lejos.
Ya para los años 80 del siglo pasado, el vertiginoso proceso industrial ponía en evidencia que la explotación de la naturaleza en nombre del “Desarrollo”, había desatado cambios artificialmente inducidos nunca vistos en la historia de la humanidad, como el calentamiento global de la atmósfera, la debilitación del manto de ozono, la degeneración de los suelos en los hábitats agrícolas y naturales, la contaminación de las aguas, el desequilibrio entre las plantas y los animales por la destrucción del hábitat natural, la pérdida de especies, tanto silvestres como domésticas, y la desarmonía de casi todo el sistema ecológico del planeta.
Entonces, fue necesario reconocer que la velocidad del cambio era tal que superaba la capacidad científica e institucional para revertir el sentido de sus causas y efectos; ante este peligroso expediente, la Organización de las Naciones Unidas (ONU), establecía en 1983, la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y Desarrollo. Cuatro años más tarde, en su histórico informe, advertía que la humanidad debía cambiar las modalidades de vida y de interacción comercial, si no deseaba el advenimiento de una era con inaceptables niveles de sufrimiento humano y degradación ecológica.
Este informe introdujo el concepto de desarrollo sostenible, posteriormente consolidado en la Cumbre de la Tierra celebrada en Río de Janeiro en 1992. Entre sus principales resultados se encuentran la adopción de convenios sobre biodiversidad y cambio climático, la formulación de principios básicos para una ética planetaria y la elaboración de la Agenda 21, que establece una estrategia global para el desarrollo sostenible. Desde entonces, resulta ineludible reconocer la interdependencia entre medio ambiente y desarrollo.
No obstante, incluso el desarrollo sostenible ha sido frecuentemente cooptado por la lógica dominante, convirtiéndose en un discurso que no cuestiona las estructuras de poder ni las relaciones coloniales que producen desigualdad. En ese sentido, resulta necesario ir más allá de la mera adjetivación del desarrollo y avanzar hacia un replanteamiento profundo de sus fundamentos. Esto implica abandonar la idea de un camino único y lineal hacia el progreso y abrir espacio a concepciones de bienestar construidas desde los territorios, las culturas y los saberes históricamente subordinados. Solo así será posible transitar hacia horizontes alternativos que no reproduzcan la dominación, sino que fortalezcan la autonomía, la justicia social y la armonía con la naturaleza.
María Antonieta Ixcoteyac Velásquez
Coordinadora General
INEPAS
1José de Souza Silva, Desarrollo y dominación. Hacia la descolonización del pensamiento subordinado al conocimiento autorizado por el más fuerte (San José, Costa Rica: 2004), pp.7-9.